Cómo Cambiar Tus Malos Hábitos y Transformar Tu Rutina

Cómo Cambiar Tus Malos Hábitos y Transformar Tu Rutina

Descubrí cómo funciona tu cerebro, por qué te cuesta tanto cambiar hábitos y qué estrategias podés aplicar para lograr cambios duraderos.

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¿Te pasó alguna vez proponerte cambiar un mal hábito y abandonar el intento a los pocos días? A muchísima gente le pasa lo mismo. Ya sea por la tentación de ese postre dulce después de cenar, la costumbre de scrollear sin freno en las redes sociales antes de dormir o la dificultad de mantener una rutina de ejercicio, todos nos encontramos a menudo frente a hábitos que quisiéramos eliminar y no sabemos por dónde empezar.

En este artículo, vamos a ver por qué es tan difícil desprenderse de los malos hábitos, cómo interviene nuestro cerebro en ese proceso y, sobre todo, qué estrategias podés poner en práctica para lograr un cambio paulatino, real y sustentable.

El cerebro y los malos hábitos: ¿por qué nos cuesta tanto cambiar?

Cuando hablamos de malos hábitos, solemos pensar en acciones cotidianas que repetimos casi sin darnos cuenta y que, a la larga, resultan perjudiciales para nuestra salud o nuestro bienestar. Pero hay algo más profundo detrás: nuestro cerebro.

  1. La recompensa anticipada:
    Cada vez que ejecutamos una conducta placentera —como comer algo dulce o revisar notificaciones en el teléfono—, el cerebro libera neurotransmisores (principalmente dopamina) que generan esa sensación de satisfacción. Con la repetición, se crea un “camino neuronal” que anticipa esa recompensa. Por ejemplo, si te acostumbraste a comer un chocolate después de cenar, tu cerebro “espera” ese dulce. El día que intentás no comerlo, aparece el llamado “error de predicción”: la recompensa que el cerebro había dado por segura, de repente no llega. Y eso se siente como una alarma interna o una pequeña frustración.
  1. El juego de la dopamina:
    Para quien nunca tuvo la costumbre de comer dulces después de cenar, no comerlos no representa ningún conflicto. Pero para vos, que formaste ese hábito, no tener esa recompensa puede provocar malestar, insomnio, ansiedad o la sensación de “falta algo”. El cerebro, al no recibir la dosis habitual de dopamina, lo interpreta como una señal de alerta y se dificulta la relajación. Por eso nos parece “tan necesario” ese bocado dulce.
  2. Asociaciones cerebrales:
    El dicho “las neuronas que se activan juntas, se conectan entre sí” (en inglés, “neurons that fire together, wire together”) explica por qué ciertos hábitos se vuelven tan arraigados. Si tuviste experiencias felices en tu niñez vinculadas con la comida rápida, es probable que asocies esa marca o tipo de alimentos con la alegría de esos recuerdos. Esto fortalece rutas neuronales que luego son más difíciles de cambiar.

Reemplazar vs. eliminar: el secreto de una transición duradera

Un error común cuando queremos librarnos de un mal hábito es tratar de eliminarlo de un día para el otro. En la mayoría de los casos, eso implica un gasto inmenso de fuerza de voluntad, y no siempre contamos con tanta energía mental disponible en el día a día. La propuesta es distinta: reemplazar.

  • La clave de la “menor fricción”:
    Tu cerebro ya aprendió que cierta acción (por ejemplo, comer helado antes de dormir) le brinda una recompensa. Si, de golpe, se la negás por completo, te vas a enfrentar a un gran “vacío” —y el cerebro va a protestar. En cambio, si en lugar de helado elegís algo con sabor dulce pero más saludable (por ejemplo, frambuesas congeladas con chocolate amargo, o algún snack con bajo contenido de azúcar), tu cerebro seguirá recibiendo un refuerzo positivo similar, pero con menos consecuencias negativas.
  • Transición suave:
    A medida que repetís la nueva opción, se va debilitando el viejo hábito. No quiere decir que de un día al otro desaparezca el deseo del helado, pero cada vez que lográs “esquivar” esa tentación, entrenás al cerebro para que se acostumbre a la nueva ruta. Después de un tiempo, la urgencia por el viejo hábito va disminuyendo, y el reemplazo se va consolidando como la nueva norma.

El ciclo del hábito: disparador, conducta y recompensa

Para entender la mecánica del hábito, es útil dividirlo en tres etapas:

  1. Disparador: Es lo que enciende la chispa. Puede ser un estado emocional (estrés, aburrimiento, ansiedad), un estímulo visual (ver una panadería camino a casa) o incluso una hora del día (después de cenar).
  2. Conducta: Es la acción que llevás a cabo para responder a ese disparador: buscar algo dulce, tomar el teléfono y scrollear, encender un cigarrillo, etc.
  3. Recompensa: Es la satisfacción inmediata, el alivio o placer que experimentás tras cumplir la conducta.

Cuando este ciclo se repite una y otra vez, el hábito se refuerza y se vuelve casi automático. Por eso, cortar o reemplazar la rutina es tan importante: si le cambiás la conducta (buscar otra cosa dulce, o poner el celular en modo “no molestar”) pero mantenés un nivel similar de recompensa, tu cerebro se va a adaptar más fácilmente.

Estrategias prácticas para modificar tus conductas

Ahora que ya entendemos un poco más la parte “neuronal”, veamos acciones concretas que podés empezar a poner en práctica:

  1. Identificá tus disparadores: ¿Qué situación o emoción te lleva a comer de más, a fumar o a utilizar el teléfono sin parar? Quizás sea el aburrimiento, la ansiedad, la proximidad de cierto local de comida rápida o un horario en el que te sentís solo. Conocer este punto es fundamental para anticipar el impulso y esquivarlo.
  2. Hacé visible lo bueno, ocultá lo malo:Para fomentar hábitos positivos, exhibílos: dejá la fruta o los snacks saludables a la vista y guardá (o mejor, no compres) los alimentos que querés evitar. Si cada día pasás por un cartel gigante de comida chatarra, y eso te lleva a comprarla, probá cambiar de ruta o distraerte con música interesante para bloquear esa tentación.
  3. Facilitá la conducta deseada: Cuanto menos “trabajo” implique un nuevo hábito, más chances tenés de sostenerlo. Por ejemplo, si te cuesta cocinar saludablemente, intentá dejar preparados (o semi-preparados) los ingredientes. Así, al llegar a casa, la cena nutritiva se arma en minutos.
  4. Sumá recompensas saludables: Para que el hábito bueno resulte tentador, agregá un “premio”. Por ejemplo, después de caminar tus 3000 pasos diarios, podés ver un episodio de tu serie favorita o tomar un té relajante que realmente disfrutes.
  5. Jugá con el entorno y los estímulo: Si notás que revisás constantemente tu celular por aburrimiento o soledad, podrías en ese momento hacer una pausa, cerrar los ojos y hacer algunas respiraciones profundas. También podés llamar a un amigo y charlar unos minutos, obteniendo así la misma recompensa de “conexión social” pero sin quedarte pegado a las redes sociales.

Empezar por el sueño: un cambio poderoso y de bajo costo

Uno de los primeros lugares para intervenir si querés mejorar tu salud y tus hábitos es la calidad de tu descanso. ¿Por qué?

  • Regula la ansiedad y el apetito:
    Cuando dormimos mal, nuestro cuerpo produce más grelina (hormona del hambre) y menos leptina (hormona de la saciedad). Eso te puede llevar a comer más y a buscar el “comfort food” durante el día.
  • Mejora tu estado de ánimo:
    Un buen descanso se traduce en mejor humor y más energía para afrontar el día. Por ende, vas a tener más fuerzas para resistir las tentaciones.
  • Baja la “fricción”:
    Cambiar la hora en que te acostás, limitar la luz de las pantallas una hora antes de dormir y generar un ambiente tranquilo en tu habitación es relativamente sencillo comparado con otros cambios. Y el efecto positivo que vas a notar puede incentivarte a seguir sumando hábitos saludables.

La percepción del estrés y su impacto en tus hábitos

Un factor determinante en la adquisición de malos hábitos es el estrés. Cuando estamos bajo tensión, buscamos formas de escape o de alivio rápido (comer dulces, fumar, beber, scrollear redes). Lo interesante es que el estrés percibido —o sea, la manera en que vos interpretás ese estrés— potencia o alivia el efecto nocivo que tiene en tu cuerpo.

  • Reducí la tensión interna:
    Hacé pausas conscientes para respirar, meditar, salir a caminar, abrazar a tu mascota o llamar a alguien querido. Estas acciones sencillas liberan dopamina y oxitocina, que regulan el estado de alerta y te ayudan a calmar la mente.
  • Cambiá la mirada:
    No siempre podemos librarnos de situaciones estresantes, pero sí podemos trabajar nuestra percepción. Si reconocés un mal hábito y lo ves como un obstáculo insuperable, es probable que te cause más ansiedad. Si, en cambio, lo percibís como un desafío más abarcable y te das tiempo, pasos concretos y paciencia para abordarlo, vas a reducir la carga emocional negativa.

Elegí tus batallas: enfocate en lo que realmente importa

No todos los malos hábitos tienen el mismo peso en tu salud o en tu vida diaria. Una forma útil de encarar este tema es priorizar según el principio de Pareto (20/80):

  • Identificá cuáles son los hábitos que más daño te generan (el 20% que repercute en un 80% de tu bienestar).
  • Empezá por ahí. Pueden ser fumar, beber en exceso, la inactividad física o el consumo desmedido de azúcar.
  • Dejá para después o reducí gradualmente esos otros hábitos menos nocivos. Así no te saturás ni te frustrás tratando de hacer una renovación 100% radical de la noche a la mañana.

Además, si fumás y no hacés ejercicio, por ejemplo, bajar un poco el consumo de dulces o acostarte más temprano te va a ayudar, pero no va a tener el mismo impacto que largar el pucho y empezar a moverte.

Celebrá tus progresos (aunque sean pequeños)

La transición hacia hábitos más saludables no se logra de un día para el otro. Necesitás constancia y, sobre todo, reconocer tus avances. Si antes no podías dormir sin comer un postre calórico y ahora lográs irte a la cama con un té dulce sin azúcar, es un gran logro. Festejá esos pasitos porque te van a dar el combustible emocional y mental para seguir adelante.

Al reconocer tus mejoras, tu cerebro recibe un refuerzo positivo, reforzando esa nueva senda neuronal que estás construyendo. Un hábito deja de ser un “deber” y se convierte en una fuente de satisfacción personal.

Conclusión

Cambiar tus malos hábitos no es tan simple como “poner voluntad”. La cuestión es que tu cerebro se adaptó a ciertas recompensas y modificar esas rutas neuronales requiere estrategia, paciencia y un replanteo inteligente: reemplazar en lugar de cortar en seco.

  • Identificá los disparadores.
  • Reemplazá el hábito nocivo por una versión más saludable.
  • Facilitá los comportamientos positivos y dificultá los negativos.
  • Involucrá a tu entorno o pedí ayuda si lo necesitás.
  • Enfocate primero en esos cambios que más van a mejorar tu calidad de vida.

Recordá siempre que es fundamental sostener los cambios en el tiempo sin exigirte la perfección absoluta. Un paso a la vez. Así vas a ir creando bases sólidas para construir una rutina más saludable y coherente con lo que verdaderamente buscás.

Si querés más información sobre este tema, podés ver el video completo: